"Por esos días, había que tener talento para no morirse. No cabíamos en nuestros calzones ni en nuestro sueño, caminábamos sin mirar para atrás, fumábamos como si fuera un acto de lucidez y tomábamos café negro para disipar el espanto. Nos rondaba la sospecha de que cada mañana iba a ser la última, y algunas lo fueron. Cometíamos tantos errores que se hubiera dicho que se trataba de un sistema de vida. En fin. Imprescindible era odiar la ciudad, y había que odiarla matemáticamente, cantando, fascinados, enroscándonos en la ebriedad de ciertos deseos que nunca se malograron. No teníamos vuelta, eso estaba claro, pero había que quemar las naves.
Escribo, feliz y algo borracho, fumando un miserable Hilton. Escribo con talante de réquiem y de baile, y con el delicioso olor de los dramones. Pienso en Natalia, y en Lucía. Pienso en todos nosotros y en ese tiempo tremendo, en lo que quisimos ser y en lo que fue, en la risa, en el pavor, en los vestigios de esa adolescencia que nunca tuvimos. Pienso en aquello que estaba siempre a punto de ocurrir, en el olvido, en la ternura, en lo que nunca se dijo. Una bufanda, un cenicero, algunos libros, rabias, carcajadas, sueños, muertos. Cuántos muertos."


Mata a un gatito
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